Messi gana sin correr ni tocar la pelota

Que si Messi camina. Que si presiona o está en Babia. Que si sonríe o escupe, murmura o calla. Que si es un simple futbolista o un personaje orwelliano al que hay que medir todas y cada una de las gotas de sudor que derrama. Koeman le dejó por primera vez en el banquillo. Le dolía un tobillo o le pesaba el alma. Qué más da. Salió tras el descanso con 1-1 en el marcador. Y sin correr, y sin tocar la pelota, acabó con el Betis. Qué narices. Cercado, atizado y señalado, Messi destrozó las leyes de la rutina futbolística y se arrimó a lo inconcebible. Los genios son así.

Al portero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz le recordaron durante toda su vida aquel día de 1970 en el estadio mexicano de Jalisco en el que Pelé le dejó tendido en el suelo. No supo el guardameta si había que seguir la pelota o al delantero. Pelé se fue a la izquierda mientras el balón de Tostao seguía rodando hacia la derecha. «Pero no fue gol», siempre reclamó el portero, orgulloso por ser el actor secundario de aquel momento legendario. No siempre el placer está en el gol. Nada emociona más que el nirvana creativo.

Los protagonistas accidentales en la historia que nos ocupa fueron Marc Bartra y Claudio Bravo. Messi hizo un saltito cuando no había quien no esperara que el rutinario pase de Alba lo concluyera el rosarino. No fue así. Derrotados los béticos, Griezmann, que venía de fallar cuatro goles, incluido un penalti, sólo tuvo que empujar el balón a la red. Y el partido, que se había ido al descanso con 1-1 y con Griezmann desesperado, sólo gravitó ya alrededor de Messi.

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