El Atlético sigue en una nube

El fútbol tiene sus caprichos. Faltaría más. El martes pasado, en Moscú, al Atlético se asomó por la portería del Lokomotiv hasta haciendo el pino. Podría haber estado la noche entera tirando a puerta y la meta rusa se habría mantenido intacta. Esta vez, apenas necesitó el aleteo de una mariposa para poner patas arriba al mejor visitante de LaLiga. El Cádiz que echó abajo el fortín de Valdebebas, ese equipo sin fisuras, se diluyó en el Metropolitano. Ni siquiera pudo mirar a los ojos del Atlético, un equipo al que ahora mismo cuesta aguantarle la mirada. Son cuatro victorias seguidas en LaLiga y muy buenas vibraciones, alumbrado, como viene siendo ya costumbre, por Joao Félix. Por eso se acostó, calentito, en el ático de la clasificación, pese a tener aún dos partidos por disputar. [4-0: Narración y estadísticas]

Al conjunto gaditano, el orden y la cordura le duró un suspiro. El portero Ledesma se lanzó a por el mismo balón colgado por Koke que Fali buscaba a la carrera y desorientado. Y por allí trotaba Marcos Llorente, el nuevo internacional español, que levantó el periscopio para poner la bola en la cabeza de Joao Félix. El portugués se encuentra en uno de esos momentos en los que es capaz de rematar hasta un televisor. A veces, como anoche, la vida es sencilla y sin dobleces. El caso es que casi sin querer, los rojiblancos habían salido propulsados.

La voz quebrada de Luis Suárez se percibe nítida en el silencio estremecedor del Metropolitano. Incluso más que la de Simeone. Y ya es decir. El uruguayo ordena y corrige a sus compañeros, al tiempo que espera a su presa. Llorente, sin embargo, tiene otra manera de hacer las cosas. Su portentoso físico le permite rescatar balones que parecen en el precipicio y, también, atracar a rivales que creen sentirse a salvo. Le ocurrió a Álex Fernández que, sin enterarse, se topó con el pie del centrocampista (o lo que sea) rojiblanco. Marcos, que ya se sabe bien el camino, golpeó casi sin mirar y partió en dos al Cádiz. Los andaluces trataron de recuperar el orden, pero ya era tarde. Porque el fútbol, ya se sabe, es un estado de ánimo y ahora mismo los rojiblancos flotan sobre el césped.

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